La restauración de nuestro valor y nuestra identidad como hijos es una prioridad para nuestro Señor. Somos valiosos para Dios.
“Pasando de allí, entró en la sinagoga de ellos. Y he aquí, había allí un hombre que tenía una mano seca. Y para poder acusarle, le preguntaron, diciendo: ¿Es lícito sanar en el día de reposo? Y Él les dijo: ¿Qué hombre habrá de vosotros que tenga una sola oveja, si ésta se le cae en un hoyo en día de reposo, no le echa mano y la saca? Pues, ¡cuánto más vale un hombre que una oveja! Por tanto, es lícito hacer bien en el día de reposo. Entonces dijo* al hombre: Extiende tu mano. Y él la extendió, y le fue restaurada, sana como la otra.” (Mat 12:9-13, LBLA)
Este pasaje enseña, no solo la sanidad física de este hombre, sino también la restauración de su valor como persona.
Jesús nos demuestra algo maravilloso: el valor de una persona está por encima de cualquier regla, tradición o etiqueta. Nos devuelve el valor que siempre nos ha correspondido.
Al sanar a este hombre, no solo le devolvió la salud física, sino que rompió con todos los prejuicios y la marginación que lo rodeaban.
Le dio un nuevo comienzo, recordándole su verdadera identidad y propósito en Dios.
¡Cuánto más vale un hombre que una oveja!
Todos somos valiosos para Dios.
El Señor ha restaurado nuestro valor haciendo de nosotros una familia escogida, elegida por Él.
Nos ha hecho un sacerdocio a su servicio, a servicio del rey.
Somos categorizados como una nación santa, apartada para Él.
“Pero vosotros sois linaje escogido, real sacerdocio, nación santa, pueblo adquirido para posesión de Dios, a fin de que anunciéis las virtudes de aquel que os llamó de las tinieblas a su luz admirable;” (1Pe 2:9, LBLA)
Este hombre, sin una mano funcionando a cabalidad, muchas de sus capacidades eran limitadas. Debido a su condición no le era permitido ejercer ninguna función sacerdotal.
Sus aspiraciones como sacerdote al servicio de Dios estaban truncadas.
Esto es precisamente lo que el enemigo provoca en nuestras vidas; estorbar nuestro servicio a Dios.
El ladrón vino a robar, matar y destruir.
Robar esa identidad, el valor como hijos y la relación con Dios.
No podemos caminar en sus maravillosas promesas si no creemos quienes somos para Dios.
Pero nadie que no tenga valor, puede sufrir menosprecio. No pueden robarnos algo que no tengamos.
Muchos desde antes de nacer ya éramos menospreciados. Durante nuestra niñez y adolescencia también sufrimos menosprecio.
Pero hay algo maravilloso que Dios hace con nosotros, los que durante mucho tiempo sufrimos desprecio.
“y lo vil y despreciado del mundo ha escogido Dios; lo que no es, para anular lo que es; para que nadie se jacte delante de Dios.” (1Co 1:28-29, LBLA)
Fuimos menospreciados para los hombres, pero elegidos por un Dios de misericordias.
Extiéndete A Lo Nuevo.
Jesús nos pide extender aquello que tenemos atrofiado, paralizado o lastimado, confiando en su poder para sanarnos.
La vida pudo habernos “secado” en algunas áreas; nos desanimamos y ahora hemos renunciado a los sueños.
Dios nos dice lo que le dijo al hombre: «Extiende tu mano». Restaura lo que se ha marchitado.
Extiende tu mente para pensar de una manera nueva. Expande tu visión y extiende tu fe.
Es el tiempo de extendernos a todo aquello que no habíamos podido realizar.
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